28/12/05


Por fin
En estos días el tema obligatorio serían las fiestas. De hecho, y casi por ley, los medios de comunicación se llenan de mensajes de buena voluntad y de opiniones muy acordes con la época. Yo, por mi lado, no he hablado del asunto en las últimas entregas por continuar la aviada generada por la alta correspondencia que han provocado las anteriores columnas.
Pero hoy, con esta culminación temporal del tema sigo haciendo lo que los últimos jueves: desearle el bien a todos.
Todos, para mí, significan la totalidad de los seres humanos habitantes de la tierra (y también a los de la estación espacial). Esto incluye desde hombres y mujeres de negocios, hasta putas y policías. Incluye al mismo Joseph Ratzinger que dormiría mejor si no fuera cómplice de las atrocidades de una iglesia que desde hace 500 años se viene partiendo en ramales (algunos ya tan distintos y distantes), todos opresores.
Son monstruosas máquinas generadoras de odios, envidias e hipocresías.
Y ¿Qué es una sociedad oprimida? Es la que no se desarrolla, no se ordena, no funciona. Como el caso de las personas en individual, que si no se aceptan a si mismas como son, nunca lograran superarse o su vida estará teñida por sufrimientos.
Es en este punto cuando me pregunto: ¿Será que dentro de los abusadores de mujeres, o las abusadoras de niños, o las personas que no están cumpliendo un sentido armonioso en la vida, no habrán muchos que no se atreven a aceptar su sexualidad y reprimen su homosexualismo por el calvario que dicha aceptación significaría en sociedades como la nuestra? Pero claro, si la iglesia lo prohíbe, y no sólo, sino que lo trata como una enfermedad y lo compara con la pedofilia. Ah, pero si un homosexual quiere ser cura tiene que comprobar que no ha practicado en los tres años anteriores para considerársele “curado”. Mientras, en todos lados continúan las acusaciones por abuso sexual hacia niños por parte de sacerdotes.
Ya es hora de que empecemos a pensar como individuos, que nos relajemos de ese dios que significa el qué dirán y nos ocupemos de ser buenos con nosotros mismos y con los demás.

18/12/05

púchica jueves 22 10 05


Respuestas (2)

No soy ateo, como algunos creyeron a raíz de mi publicación del 1 de diciembre, y sí creo en la democracia, y la defiendo. Tampoco me refiero únicamente a la iglesia católica local, como alguien pensó, cuando digo que este movimiento se ha esmerado por el embrutecimiento del pueblo a través de sus practicas colonialistas.
Es por esto que en esta edición continúo exponiendo mis razones para comunicarle a la gente lo que considero necesario respecto a las religiones cristianas, especialmente a la católica.
Vivimos en un país democrático (supuestamente) y entre las muchas cosas que debilitan dicha democracia se encuentra la iglesia católica que a la hora de presionar al gobierno no lo hace a través de consensos con sus fieles, sino que, atentando contra el derecho a la elección de estos, impone en lugar de educar. Cuando la iglesia católica presiona al gobierno para que no apruebe una urgente ley que facilite el acceso a educación sexual y planificación familiar, no lo hace para amplificar la vos de sus feligreses, como debiera ser una práctica democrática, sino que se aprovecha del poder que durante mas de cinco siglos ha formado en nuestras tierras a costa de la anulación de la cultura original y la imposición de criterios muy distantes de la cosmovisión local, y presiona para que el cumplimiento de sus normas no se estimule a través de la lógica y la comprensión (que de por si trata de eliminar en la gente) sino que por medio de la prohibición autoritaria casi militar. Democracia es, según la Real Academia, el predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado.
No es sólo en Guatemala, el sistema de esa iglesia viene desde las bases, en la ciudad del Vaticano, donde la corrupción y los negocios ocultos han hecho sobra desde hace siglos.
Es la misma iglesia inquisidora y vendida, como sucedió acá cuando, mientras algunos sacerdotes perdían la vida defendiendo a la gente del altiplano, el cardenal negaba cualquier abuso dentro de la guerra. El tema es extensísimo, hay muchas cosas por hablar. El otro jueves, prepárese para el homosexualismo.

14/12/05

puchica jueves 15 12 05


Respuestas (1)
Debido a la cantidad de mensajes que recibí a raíz de mi publicación del jueves 1 de diciembre, que en forma de correo electrónico, cartas y llamadas telefónicas me hicieron ver su acuerdo o desacuerdo con el tema tocado, en donde expuse mis convicciones respecto al papel de la iglesia católica, deseo responder de una forma general.
Primero que nada, agradezco el tiempo que se tomó tanta gente (incluida mi mamá, un cura y una ex novia) para hacerme llegar su comentario, sobre todo los adversos que me ayudan a enriquecer mis argumentos y la seguridad que tengo al tocar un tema como el de cuestión.
Desde el momento en que me di cuenta que la iglesia católica no respetaba mis propias desiciones sino que trataba de inducirme a formas de pensar muchas veces ilógicas y en busca de una idiotización solo justificable si tomamos en cuenta que la durante la historia esta institución ha tenido el carácter de conquista, decidí apartarme de ella y advertir a quienes prestaran atención, que la palabra de Cristo ha sido manipulada para satisfacer los intereses de una institución en muchos aspectos absurda.
“Hay que creer en Dios, porque sólo por el es posible la magia de la vida” me dijo alguien que por lo visto me creyó ateo. Pero yo agrego que la única forma de alabar a la Única Energía Superior, es amar a todos, saber perdonar y no hacer nunca lo que no se quiere para uno mismo. Esto es el mensaje que Jesús transmitió con tanta firmeza que aun en nuestros días se le sigue adjudicando a él, a pesar de haber surgido después de su aparición en la historia personajes con el mismo estandarte como Mahoma o Gandhi, y a pesar de seguir registrados en la historia muchos personajes anteriores a él, como Abraham o Sidarta que también deseaban el respeto al derecho ajeno. La trascendencia de Jesucristo no me sorprende pues creo en su carisma como persona, en su elocuencia y en su capacidad administrativa para fundar un movimiento con bases sólidas. Pero entre ese movimiento y la iglesia católica hay un gran abismo zanjado por la corrupción, las riquezas materiales y el delirio del poder.

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